No me voy a poner a su altura
¡Y otra más! Una más de las muchas mujeres y hombres que, semana tras semana, pasan por la consulta hablando de situaciones tóxicas o conflictivas a la hora de relacionarse con sus exparejas, parejas, madres y padres, hermanos y hermanas, amistades y compañeros de trabajo. «No me voy a poner a su altura», repiten una y otra vez como si fuese un mantra que preservara su dignidad y les mantuviera a salvo de la situación. Sería lo mismo que iniciar una pelea con un palo frente a una persona que dispone de pistolas y fusiles y creer que con decir ese «no me voy a poner a su altura» quedaría imbuido de una fuerza divina que le garantizaría la victoria. «Pues no, no vas a ganar, y tu dignidad no servirá de escudo contra las consecuencias de la derrota». Sólo hay una manera de estar en igualdad frente a quien juega o pelea con las reglas limpias y las sucias o las duras según le convenga: ¡juega tú con las mismas reglas! (Siempre después de haber intentado hacerlo a través del diálogo o la mediación, acciones que comprobaréis que en muchas ocasiones resultan inútiles).
Personas en proceso de separación, divorciadas, maltratadas, humilladas, sometidas…, atacadas por otras personas tóxicas, dominantes, maltratadoras, chantajistas, narcisistas o malas, llenan las consultas de terapeutas emocionales, psicólogos y psiquiatras con la esperanza de que les curen sus ansiedades, depresiones, tristezas, miedos y angustias, y lo que se encuentran es que o ponen límite a esa invasión continua, negativa y destructiva o no habrá manera de salir de la situación sano y salvo.
Por el lenguaje empleado pareciera que se tratara de una batalla y sí, se trata de una batalla… entre egos. Egos dominantes y egos sometibles, egos maltratadores y egos maltratables, egos chantajistas y egos culpables, egos de poder y egos de vulnerabilidad. Pero cuando a la persona vulnerable se le muestran las estrategias de las personas (insanas) de poder, ahí es donde su respuesta es «no me voy a poner a su altura» y aquí tenemos otro problema: si no juegas con las mismas reglas, no vas a empatar y, por supuesto, no vas a ganar.
¿Qué significa eso de las reglas duras (o las sucias)? ¿Es que hay reglas más blandas y reglas más duras? ¿Dónde están escritas? ¿Se pueden aprender? Vamos a hablar de ello.
Las personas nos relacionamos según un libro de instrucciones que está guardado en el inconsciente en gran parte y en el consciente en una pequeña parte. Y, además, este libro de instrucciones tiene capítulos: el individual, el familiar y el colectivo. Por ello hay instrucciones individuales, familiares y colectivas, conscientes e inconscientes y, para complicarlo más, sanas e insanas. En este libro, que cada persona lleva dentro, están escritas las reglas que definen cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás, y no todas las reglas se basan en el amor, la bondad, la empatía, la solidaridad o el altruismo, también existe el egoísmo, el egocentrismo, la envidia, el resentimiento, la venganza, la dominación, el narcisismo e incluso la maldad pura y dura.
Es que no lo puedo entender
«Es que no puedo entender por qué se comporta de esa manera», «no entiendo por qué me trata así», «no me cabe en la cabeza su actitud». Tantas expresiones que vienen a decir siempre lo mismo: «yo nunca lo haría, ¿por qué él (o ella) lo hace? No lo puedo entender». La respuesta es sencilla: juega con otras reglas; no son las tuyas, ni las tienes que entender, ni son las limpias ni las honestas: son las duras y las sucias. Cuando una persona juega con las reglas duras o sucias, no le importa hacer daño, no le importa lo que otros piensen o digan, no tiene miedo a las consecuencias, porque piensa que la otra persona no va a usarlas o porque piensa que está dispuesta a llegar más lejos, a causar más dolor o a asumir más pérdidas. También puede ser que piense que es imposible que pierda, porque lleva la razón, ¡y punto!
Llegado este momento os contaré una escena de película de vaqueros que es importante conocer. Un sheriff está sentado en el porche de su oficina, en su mecedora, vigilando la calle principal de un polvoriento pueblo. Dirige su mirada hacia la entrada del pueblo y ve una banda de jinetes acercarse al galope, levantando polvo y asustando a las personas que en ese momento caminan por la calle. Los jinetes, en realidad forajidos malvados, con su jefe en cabeza, se paran delante del porche haciendo un semicírculo y el jefe hace que su caballo se adelante acercándose al sheriff. Este se levanta y se acerca al jefe de la banda que, por supuesto, es el más malo de todos. El forajido le mira a los ojos y le dice: «Hoy vas a morir», y el sheriff, devolviéndole la mirada sin miedo, le responde: «Sé que voy a morir, pero tú también caerás. Yo estoy dispuesto a morir, ¿lo estás tú?». En ese momento se percibe un levísimo temblor en el párpado inferior del ojo izquierdo del malo, prácticamente imperceptible. Y el forajido, con aire rudo, tira de las riendas del caballo y dice a sus hombres: «Hoy no tengo ganas de matar a nadie, ¡vámonos!». ¿Por qué ha pasado esto? Porque el bueno ha jugado con las mismas reglas que el malo y estaba dispuesto a todo, a jugar hasta el final, con todas las consecuencias. El malo utiliza el miedo que tienen los demás a su favor, miedo que, a menudo, él también tiene, pero que no deja ver, a no ser que sea un o una psicópata, un o una narcisista o algo peor, esos que parece que no sienten ni miedo ni nada.
Cuando alguien se encuentra con este tipo de personas, lo mejor es alejarse lo antes posible, cerrarles todas las puertas, pero, desgraciadamente, no siempre se les identifica a la primera, porque tienen una capacidad de engañar, mentir y manipular realmente sorprendente. A veces pasan meses o años de relación hasta que muestran su verdadera cara, otras veces se van viendo detalles, gestos, actitudes, pero no se asocian a ese ejercicio de poder insano. Cuando verdaderamente se les descubre, no hay que perder tiempo en intentar entenderlos o cambiarlos, ni tampoco en que ellos se den cuenta del daño que están causando porque, o lo saben de sobra, o les da igual o no lo verán.
Se acabaron las palabras
«Hay un tiempo para las palabras y hay un tiempo para las acciones». Ha llegado el momento de pasar a la acción; se acabaron las largas y agotadoras conversaciones; se acabaron las reuniones para que entiendan la situación o el daño que provocan; se acabaron los buenos gestos para conseguir una respuesta favorable, toca sacar a esa persona totalmente de nuestra vida o, si no es posible, mirarla de frente y decir: «Sí, vamos a jugar con las mismas reglas». Aquí es donde la persona tiene que aprender a usar las reglas duras (o incluso las sucias), aunque no le guste, ya que será la única manera de poner límites.
¿Y qué se entiende por reglas duras y reglas sucias?
Diversas son las situaciones y las personas con las que hay que «jugar sucio», por eso aquí hablaremos de una manera general, ya que exponer cada caso daría para un libro. Usar las reglas sucias puede hacerse de muchas maneras:
– No dejar pasar ni una acción inadecuada y poner una denuncia siempre que se pueda.
– No leer ni contestar a mensajes, incluso bloquear cualquier comunicación.
– Guardar los mensajes y grabar las comunicaciones o situaciones.
– No hacer concesión alguna ni favores.
– No permitir ningún falso gesto de acercamiento.
– No dar explicaciones de ningún tipo ni escuchar las de la otra persona.
– Mantener un diario de todo lo que sucede con fechas y horas para poder usarlo en posibles juicios.
– No tener compasión ninguna cuando se ponga en modo víctima, conciliador o buena persona.
– No aceptar ofertas ni favores de ningún tipo.
– Nunca reunirse si no es con intermediarios o testigos presentes.
– Ser capaces de mentir (igual que ellos/ellas) para protegerse.
– Cumplir los convenios a rajatabla y denunciar cuando no lo hagan.
– Utilizar todos los mecanismos de la ley para defenderse, sin dudarlo y sin caer en la penita o la culpa.
– Aceptar de antemano todas las mentiras que va a contar a otras personas y alejarse de quienes les crean.
– Si atacan, aprender a defenderse de la manera más favorable posible, con firmeza, asertividad e inteligencia emocional.
Estas y otras acciones forman parte del catálogo de «instrucciones duras y sucias» que hay que tener presentes cada día en la relación con personas que utilizan las reglas de manera deshonesta. La mayoría de las ocasiones, si somos capaces de entrar en este juego, la persona se da cuenta de que, si muerde, se le morderá y que no está ante una persona indefensa y vulnerable, que sus acciones tendrán consecuencias y que siempre será así. En un porcentaje pequeño, pero existente, esas personas tratarán de jugar más duro, de dañar más y hay que estar dispuestos a ir hasta el final, porque, si no, estas personas seguirán y seguirán, ya que nadie les pone límites. Generalmente lo hacen con quien se deja y pasan de largo con quien no se deja, porque son listas y saben dónde morder y dónde no, y saben que hay gente vulnerable de sobra a quien vampirizar, manipular y dominar.
Todo se aprende
No seas tú una de esas personas vulnerables, aprende a ser asertiva, firme, fuerte, a defenderte y atacar si hace falta. Aprende a decir «no», a poner límites, a mirar de frente sin bajar la mirada ni someterte. Si no sabes cómo, para eso están los terapeutas emocionales y los psicólogos y psicólogas. Si necesitas cambiar tu libro de instrucciones y reforzar el carácter, la firmeza, la asertividad y la capacidad de defenderte, nosotros, a través de la Terapia Emocional Consciente®, la Terapia con Flores de Bach y las Constelaciones Familiares podemos ayudarte. No te decimos que sea fácil ni rápido, pero sí te garantizamos que, con el debido aprendizaje emocional, podrás desarrollar todas esas cualidades que te harán fuerte y no vulnerable ante esas personas. Atrévete a jugar con las reglas duras.
José Antonio Sande Martínez
Terapeuta emocional, constelador, escritor
Noray Terapia Emocional y Formación