Inspirado en hechos reales

Hace unos días volvía a los clásicos del western para ver Centauros del desierto (1956), con un John Wayne en el papel de Ethan Edwards, un vaquero duro y desagradable, acompañado de estereotipos masculinos como el del rebelde, el del bueno, el del loco y otros. Pero lo que más me llamó la atención esta vez fue el estereotipo de la mujer reñidora interpretado por la “novia” del compañero del protagonista, rol que de vez en cuando veo en la consulta y que voy a desarrollar en este artículo, asumiendo el riesgo de que a algunas mujeres no les guste lo que voy a escribir.

Al igual que los hombres, a lo largo de la historia, las mujeres han asumido roles, muchos de los cuales perduran hoy en día, ya que ellas no están libres de ejercer ciertos papeles. Uno de esos roles es el de la mujer-madre-cuidadora-reñidora-dominadora. No niego la necesidad de ese rol en el pasado y quizás lo sea hoy en día en determinados contextos culturales, sociales y familiares, pues cumple su función al igual que un rol masculino de proveedor o de protector puede cumplir el suyo. Pero del mismo modo que hay roles masculinos que van perdiendo vigencia, también hay roles femeninos que, poco a poco, también van quedando trasnochados, al menos si queremos que la sociedad avance hacia un contexto más igualitario.

Origen de la actitud reñidora

¿De dónde nace la actitud reñidora (de hombres) de una mujer que encarna este arquetipo? Probablemente haya una serie de causas ancestrales en las que no voy a entrar, pero sí es posible reconocer creencias y mandatos actuales en los que se puede basar esta conducta que algunas mujeres expresan con toda naturalidad en lo privado y en lo público. Creencias escuchadas de labios de abuelas y madres como “los hombres son como niños, hay que estar encima de ellos”, “los hombres solo sirven para una cosa”, “los hombres son unos inútiles”, “una buena mujer endereza a cualquier hombre” y muchas otras que posicionan al hombre en un lugar infantil, inmaduro o inferior respecto a la mujer. Dado que la mayor parte de estas creencias habitan el inconsciente colectivo, muchas mujeres las vivencian y las expresan sin ser realmente conscientes de ello, colocándose en una posición de cuidadoras, educadoras, salvadoras o, como en este artículo quiero señalar, de reñidoras.

Y hablo del reñir no como un acto de discusión, sino como un hábito cotidiano en el que la mujer adopta la misión de enseñar al hombre a vestirse, a comportarse o a hacer cosas en la cocina para que se hagan como la mujer cree que debe ser (muchas veces con sus razones), pero que hace de un modo directivo y reñidor, cuando no directamente autoritario. Veamos ejemplos de ello.

Ejemplos de regañinas

“¡Dónde vas con esa camisa! ¿No ves que no pega con los pantalones?”. Le dice una mujer a su pareja masculina en un ligero tono de reproche para indicarle que no sabe conjuntar colores o texturas. Tenga un mal o buen gusto, sepa o no. ¿Cuál es el problema de que el hombre se vista de esa manera? ¿Quizás ella siente vergüenza ajena y se siente responsable de que su pareja vaya bien vestida? ¿Cómo si fuese una madre que se siente orgullosa de la imagen que da su hijo?

O la mujer que le da un manotazo a su pareja masculina en la mano diciéndole “¡¿Quieres dejar de quitarte los padrastros de las uñas?!”. Ese manotazo, similar a un pequeño tortazo de advertencia de que está haciendo algo mal, parece indicar una posición de superioridad en la que la mujer se arroga la libertad de “pegar” al hombre-niño para educarle en buenos modales. ¿Qué pasaría si fuese el hombre el que da el manotazo a la mujer porque considera que está haciendo algo inadecuado?

Un último ejemplo, el del hombre que se mancha el pantalón o la camisa mientras come y la mujer coge rápidamente una servilleta, la moja en agua y se pone a restregar la mancha con fuerza diciendo “¡¿Es que no puedes tener más cuidado cuando comes?!”, a modo de regañina, acompañando a la acción de limpiar el desaguisado del hombre-niño descuidado.

Estos y otros ejemplos públicos y privados pueden y suelen ser ejercidos por mujeres, no ocasionalmente, sino como una manera natural de relacionarse con el hombre, al que desde una posición de mujer-madre se arroga el derecho y el deber de educar a base de repetir, enfadarse y reñir al hombre, colocándolo y manteniéndolo sin darse cuenta en esa posición infantil, inmadura y dependiente que a un mismo tiempo rechaza y favorece.

La educación recibida

Este rol puede nacer de la educación y el ejemplo recibidos en la infancia. En muchas ocasiones a las mujeres se les enseñó la importancia de la imagen, la limpieza y las formas, mientras que a los hombres se les enfocó sólo hacia el mundo externo y el trabajo. El resultado es un choque de prioridades: donde las mujeres ven un descuido intolerable que debe corregirse, los hombres, simplemente, no ven nada importante. Quizás las mujeres riñan por una educación que les exigió perfección y los hombres se dejan reñir por una educación que les permitió ser despreocupados. Esto ayuda a reconocer que tanto la mujer como el hombre son víctimas de lo que les enseñaron.

¿Qué pasaría si esa mujer dejase de reñir a ese hombre? ¿Qué pasaría si el hombre se negase a ser reñido y tratado como un niño? Probablemente algunos de esos hombres seguirían siendo “como niños”, otros, quizás aprendiesen a sacarse las castañas del fuego ellos solos. Si la mujer actúa como una madre que siempre corrige, el hombre que lo asume acaba comportándose como un niño que no sabe hacer nada. Al final, ella se agota y él se anula y es difícil ver como un compañero de igual a igual a alguien a quien se le está limpiando la boca o diciéndole qué camisa ponerse. Ese rol de «madre» mata la chispa de la pareja y crea dinámicas maternales que propician roles madre-hijo.

¿Y la mujer? ¿Qué pasaría con ella? Quizás perdiese uno de los roles que está acostumbrada a ocupar y ya no podría relacionarse desde una posición en la que “yo, por ser mujer, sé lo que es bueno para ti, que eres un hombre y, por tanto, un niño.” Abandonar el rol de reñidora no es solo generosidad, es liberación: la renuncia a ser la madre de quien debe ser un compañero.

¿Podemos arriesgarnos a este cambio?

 

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta emocional, formador, mediador familiar, escritor

Noray Mediación, Terapia y Formación Emocional

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