En consulta es habitual que algunos pacientes se pregunten por el sentido de sus vidas. Sea porque esas personas se encuentran en un proceso de crisis existencial o porque las situaciones que viven los llevan a un sentimiento de desesperanza, la necesidad de encontrarle un sentido a sus vidas se expresa como la salida a ciertos momentos vitales comprometidos.

En estas situaciones es importante diferenciar si la persona se encuentra en un proceso de crisis, en una depresión, en una necesidad de ampliar su vida, en una huida hacia adelante o en una desesperación tal que todo llega a carecer de sentido. Estos motivos y otros son lo que llevan a algunas personas a preguntarse: “Pero, ¿qué sentido tiene esta vida?”. Y la verdad es que es difícil responder a esta pregunta, no sólo porque hay diferentes enfoques, sino porque, ciertamente, hay veces que parece no tener sentido para nuestra mente racional. Parte de la respuesta depende de la manera de enunciar la cuestión, ya que no es lo mismo “encontrarle un sentido a la vida” que “darle un sentido a la vida”.

¿Encontrar el sentido de la vida o darle un sentido a la vida? Ambas opciones forman parte de la necesidad de algunas personas no sólo de sobrevivir (objetivo primero y fundamental de la vida), sino de ir un paso (o varios) más allá. Esta cuestión tiene que ver con la evolución en los niveles de consciencia del ser humano en los que, una vez que la persona ha afianzado la supervivencia y la protección, siente la necesidad de explorar otros aspectos de la existencia que, según Maslow serían (además de las dos señaladas) la pertenencia, el reconocimiento, la autorrealización y la espiritualidad.

Ambas cuestiones (encontrar o darle un sentido a la vida) empujan a la exploración externa e interna, pero con una motivación y un desde dónde diferentes, lo que, a su vez, imprime una energía distinta tanto en las acciones como en las expectativas de las personas.

 

Encontrar el sentido de la vida

Para encontrar el sentido de la vida hay que iniciar una búsqueda y las dos direcciones más obvias son hacia dentro y hacia afuera. En ambos casos se intuye que ese sentido ya existe y la persona debe encontrarlo, lo que implica la exploración de diferentes caminos, algunos de ellos más o menos espirituales (filosofías, religiones, corrientes de conocimiento), otros más bien terrenales (familia, amistades, dinero, posesiones, diversión, riesgo, estatus, éxito, etc.).

Hay unas preguntas conocidas como “preguntas existenciales” que son las que se hacen las personas que tratan de encontrar el sentido de la vida y cuya respuesta podría “tranquilizar” a la persona (ten en cuenta que no todas las personas se hacen estas preguntas):

  • ¿Qué sentido tiene la vida?
  • ¿Cuál es el origen de la vida?
  • ¿Qué sentido tiene mi vida?
  • ¿Quién soy?
  • ¿Para qué he nacido?
  • ¿Estoy destinado/a a algo?

Estas preguntas y muchas otras componen el conjunto de dudas y cuestionamientos que muchas personas se hacen en esa búsqueda de significado y sentido, las mismas preguntas que se lleva haciendo el ser humano desde que tuvo conciencia de sí y levantó la mirada hacia las estrellas en las noches oscuras de los albores de los tiempos. Es esto no somos diferentes de nuestros ancestros. Una vez que se ha trascendido la supervivencia y la protección que obligan a mirar hacia nuestros estómagos y los de los nuestros, levantamos la mirada hacia los demás en la necesidad de pertenencia y reconocimiento y, trascendidas también estas fases, seguimos elevando la mirada hacia lo que hay más allá, la autorrealización y la espiritualidad. Ahora bien, los caminos que cada persona recorre para realizar esta evolución son los que van a definir, en parte, el sentido que se le encuentre a la vida. Generalmente, cuando nos preguntamos por el sentido de la vida o de nuestras vidas, ya hemos dejado atrás las necesidades de supervivencia y protección (que serían las necesidades prioritarias) y buscamos la pertenencia y el reconocimiento, ambos factores externos en su mayor parte. Sin embargo, en muchos casos, la búsqueda del sentido puede conducir a la frustración o a la ansiedad. Esta frustración surge cuando la persona no logra encontrar una respuesta clara o definitiva, o cuando la respuesta que encuentra no coincide con sus expectativas. De hecho, esta búsqueda puede generar una sensación de vacío, porque la persona está orientada hacia un ideal que siempre está por alcanzarse, un sentido que parece escapar constantemente.

Desde una perspectiva lógica, se puede argumentar que la búsqueda del sentido es válida, ya que impulsa a las personas a preguntarse y a profundizar en cuestiones existenciales. Sin embargo, emocionalmente, esta búsqueda puede convertirse en un proceso perpetuamente insatisfecho, pues nunca se llega a una respuesta definitiva que proporcione una paz duradera.

Quizás sea esta la fase de buscar y encontrar el sentido de la vida, pero ¿y si ya hemos conseguido satisfacer ambas necesidades (la de la pertenencia y la del reconocimiento)? Quizás, este sea el momento en el que dejamos de buscar el sentido de la vida para empezar a dárselo.

 

Darle un sentido a la vida

Darle un sentido a la vida no es, para nada, igual a buscárselo. La búsqueda implica algo que no se tiene o que no se es consciente de ello, mientras que el hecho de dar un sentido nace como un acto de voluntad personal, una decisión tomada, sea esta acertada o equivocada, pero, a fin de cuentas, tomada voluntariamente. Es una elección en la que la persona, entre muchas posibilidades, elige el sentido que le quiere dar a su vida. Puede que esa elección sea en base a una reflexión, una valoración de factores, un dejarse llevar por las circunstancias o un tomar conciencia de lo que siente en su interior. A veces este “darle sentido a la vida” implica un desafío, una ruptura, una crisis o un salto al vacío. A veces se vive con miedo, con expectativa, con esperanza o, incluso, con desesperanza. Pero se trata de una decisión y una elección tomada de dentro hacia afuera, del alma al cuerpo y del cuerpo a la mente. Aquí no queda otro remedio que escuchar las palabras del maestro Mahatma Gandhi: “Dios nos quiere atrevidos”.

Cuando una persona le da sentido a su vida, en cierta manera decide tomar en sus manos el timón y seguir el rumbo hacia ese destino que siente en su interior. Sin embargo, el sentido no está solamente en el destino, está en su mayor parte en la travesía, en las experiencias vitales y el aprendizaje constante que un viaje de tal magnitud aporta ineludiblemente, y que precisa de un vivir en consciencia.

Darle sentido a la vida puede verse como un acto de empoderamiento. Al no depender de una respuesta externa, la persona se convierte en el arquitecto de su propio significado. Este enfoque permite un grado de libertad y autonomía que la “búsqueda” del sentido, al depender de elementos externos, no otorga. Además, en términos emocionales, esta postura es profundamente enriquecedora, porque brinda a la persona un sentido de control, responsabilidad y autenticidad. Darle sentido a la vida permite que cada experiencia, incluso las difíciles, se convierta en una oportunidad para construir un significado personal. La vida, entonces, no es algo que se nos da, sino algo que se va tejiendo, donde la persona se encuentra en el centro de su propio relato y es ella la que resignifica la existencia, incluso día a día, a través de la consciencia de sí misma, de los demás y de la Vida.

Un paso más en este camino lo da Viktor Frankl con su libro El hombre en busca de sentido y más adelante con La presencia ignorada de Dios, en los que expone la idea del propósito que da sentido a la vida. Otros autores han expuesto esta idea desde diferentes enfoques terapéuticos, filosóficos y espirituales, para los que darle un propósito a la vida y tomar caminos y acciones coherentes con dicho propósito dan un sentido profundo y espiritual a la persona, siempre que se vivan con una actitud equilibrada y sana.

 

¿Cuál es más enriquecedor?

Si comparamos ambos enfoques, es posible sostener que darle un sentido a la vida es, en muchos casos, más enriquecedor. El proceso de asignar significado a nuestras experiencias y a nuestras acciones ofrece una consistencia emocional que la búsqueda constante de un sentido externo no puede garantizar. Al darle un sentido a la vida, la persona toma el control sobre su destino, evitando caer en una especie de desesperación existencial que puede surgir al no encontrar respuestas satisfactorias en el exterior. Este sentido personal, aunque puede ser fluido y cambiante, proporciona una estructura interna, una especie de eje interior que ayuda a la persona a navegar por las vicisitudes de la vida.

Desde una perspectiva emocional, este enfoque permite vivir con mayor autenticidad y nuestra experiencia de la vida se vuelve mucho más rica y significativa. La satisfacción de darle un sentido personal a nuestras vivencias radica en la idea de que cada paso que damos puede ser una elección que aporte valor a nuestra existencia, sin necesidad de esperar una confirmación externa de que estamos «haciendo lo correcto» o «cumpliendo con un propósito universal».

 

Conclusión

Ambos enfoques (buscar el sentido de la vida y darle un sentido a la vida) tienen su valor, pero darle un sentido a la vida es generalmente más enriquecedor, tanto mental como emocionalmente. No solo porque otorga mayor autonomía y libertad, sino porque nos permite afrontar los desafíos y las adversidades con una actitud activa, positiva y de aprendizaje, transformando incluso las situaciones más difíciles en oportunidades para construir un significado personal. En última instancia, la capacidad de darle sentido a nuestra vida es lo que nos permite sentir que nuestra existencia no es algo que simplemente sucede, sino algo que nosotros mismos modelamos (al menos en parte), lo que nos otorga una sensación de propósito y satisfacción que va más allá de la búsqueda interminable de respuestas externas. Quizás cada enfoque tenga su momento y es ahí donde la consciencia decide si solamente sobrevivir, si buscarle el sentido a la vida o si ha llegado el momento de que la propia persona le dé el sentido a su existencia. Para finalizar, me viene a la cabeza un breve relato que escribí hace años El ciprés en el patio, cuya lectura puede aportarte alguna idea para abordar la cuestión del significado de las cosas. Te invito a que lo leas y disfrutes de él.

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta y formador emocional, escritor, divulgador

Centro Noray Terapia y Formación Emocional

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