Una creencia equivocada

Hay una creencia profundamente arraigada en la mente de algunos adultos: la idea de que los niños deben obedecer. Se espera que lo hagan sin protestar, sin rechistar, sin cuestionar. Que acaten órdenes de inmediato, que digan «sí» a lo que se les pide y que «se porten bien». Como si en su naturaleza estuviera inscrita la obediencia, como si nacieran (naciésemos) con un chip incorporado que predispone a seguir las órdenes o los deseos del adulto. Pero esto no solo es falso desde el punto de vista científico, sino que además es insano desde el punto de vista emocional y educativo. Al mismo tiempo, esto no es incompatible con que, interiormente, todas las personas (incluidos los niños) tenemos un libro de instrucciones inconsciente que nos condiciona en muchos aspectos de nuestra vida y al que se obedece de manera inconsciente.

Lo primero que debemos saber es que el cerebro de un niño o una niña (sobre todo en los primeros años de vida) no está diseñado para la sumisión ni la obediencia ciega, sino para la curiosidad, la exploración, el aprendizaje, la conexión y la autonomía. Desde el momento en que el niño nace, su sistema nervioso busca activamente comprender el entorno, establecer vínculos afectivos seguros y probar hipótesis con la realidad. Esto incluye decir «no», cuestionar, poner a prueba límites y explorar lo que ocurre cuando los sobrepasa.

La neurobiología del desarrollo (rama de la neurociencia que estudia cómo se forma y desarrolla el sistema nervioso) confirma que las áreas del cerebro responsables del juicio, la autorregulación, la empatía o la capacidad de considerar las consecuencias a largo plazo no están completamente formadas hasta bien entrada la adolescencia (por mi experiencia profesional, yo diría que hay personas que nunca llegan a ese nivel de maduración cerebral). Esto significa que pedir obediencia total a un niño pequeño no solo es irreal, sino que puede generar programas emocionales insanos como culpabilidad, frustración e, incluso, sumisión o indefensión aprendida[1], lo que es muy distinto a la autorregulación consciente.

Obediencia versus respeto

Hay adultos que, a la hora de ejercer como padres, confunden obediencia con respeto, muchas veces sin darse cuenta de ello. Sin embargo, obedecer no significa respetar, obedecer es acatar una orden, mientras que respetar es considerar al otro, reconocer su lugar, comprender su necesidad y valorar sus palabras, pero no necesariamente hacer lo que se pide u ordena. La obediencia puede lograrse por miedo, presión, chantaje o castigo. El respeto, en cambio, nace del vínculo, de la confianza, del ejemplo y de ofrecer ese respeto al niño desde el adulto. Todo esto no es sencillo por varios factores que quiero comentar brevemente. Por un lado, los adultos ya vienen con una experiencia educativa, que es la que le han dado sus padres veinte o treinta años atrás, y no siempre ha sido una buena experiencia, pero es el ejemplo que se ha recibido. Otro factor es la aceleración y el estrés con que se vive en el día a día, el cansancio, las frustraciones diarias, la sobrecarga de responsabilidades laborales, domésticas y personales, etc. Esto hace que los adultos no tengan ni energía, ni ganas, ni tiempo para dialogar, escuchar y acompañar al niño en el aprendizaje cotidiano y que sea más rápido y eficaz dar órdenes que deben ser obedecidas (cosa que no necesariamente va a pasar). Aquí es donde el beneficio en el corto plazo puede darse porque se resuelve, pero en el medio y largo plazo no se educa, y cuando el niño crezca puede que se canse de obedecer y se convierta en un joven «rebelde» o que se vaya al otro extremo y se convierta en un joven «sumiso».

Cuando se exige obediencia sin comprensión, se enseña a los niños a desconectarse de su brújula interna, se les hace creer que el adulto siempre tiene razón, incluso cuando no la tiene, que lo correcto es hacer lo que se espera de ellos o lo que les ordena, aunque no lo comprendan, que su opinión, sus emociones o su voz no importan. Así, muchas veces, los niños aprenden a agradar para evitar el conflicto, lo cual puede derivar en adultos que no saben decir que «no», que no expresan lo que sienten, que se someten o van en contra de sí mismos para cumplir expectativas ajenas o, en el otro extremo, pueden aprender a decir siempre «no» por sistema, en un acto de rebeldía y autodefensa contra un adulto que ejerce poder sin considerar al otro en su identidad y voluntad. Hacerlo medianamente bien, en la relación padres-hijos, requiere alcanzar el equilibrio entre amor y firmeza, entre educar y dar libertad para la exploración, entre las responsabilidades y la libre voluntad. Ciertamente, no es sencillo y requiere conocimientos de neurociencia, pedagogía, emocionalidad, psicología… ¡¿Quién tiene tiempo para esto!?

Obedecer por miedo puede ser funcional a corto plazo, pero tiene un coste insano a largo plazo. Numerosos estudios sobre trauma infantil, resiliencia y construcción del yo muestran que los niños que han crecido bajo un modelo de autoridad rígido, sin espacio para el diálogo, suelen desarrollar una autoestima frágil, una alta ansiedad anticipatoria y, a menudo, una inhibición emocional patológica.

¿Obedecer o aprender?

La neurociencia ha demostrado que el sistema límbico se activa cuando el niño percibe peligro o rechazo. Si el adulto impone sin escuchar, amenaza o castiga, el cerebro del niño percibe ese peligro o ese rechazo y no entra en «modo aprendizaje», entra en «modo defensa». Lo que se graba en su memoria no es el contenido de la norma, sino el miedo al castigo, lo que activa mecanismos de evitación más que procesos de comprensión y reflexión. Cuando un niño pequeño dice «no quiero», «no me gusta», «no me apetece» o simplemente no acata una orden, no necesariamente está desafiando por rebeldía (aunque a veces sí sea así). A menudo, está explorando quién es, qué siente, qué puede y qué no puede. La desobediencia, bien mirada, no es un error, es parte del camino del desarrollo psíquico y emocional y obliga a los padres y educadores a encontrar nuevas maneras de relacionarse. ¡Más trabajo todavía!

Como maestro y terapeuta emocional he visto durante años que cuando se les permite a los niños expresar sus razones, explicar sus emociones, participar de los procesos decisorios y proponer alternativas, no se vuelven más desobedientes, se vuelven más responsables, más conscientes y más autónomos, porque aprenden que su voz cuenta, que tienen margen de acción, que pueden equivocarse y aprender de ello, y que el adulto es una guía segura, no un dictador emocional.

Por todo lo expuesto hasta ahora, hay que concluir que educar no es domesticar, no es doblegar la voluntad del niño para que se someta al deseo o la necesidad del adulto. Educar es acompañar al niño en su proceso de exploración-aprendizaje, enseñar límites con amor y firmeza, corregir con paciencia, sin humillar ni dañar.

Esto exige adultos presentes, autorregulados y conscientes. No podemos pedirle a un niño que gestione sus emociones si nosotros no gestionamos las nuestras. No podemos exigir respeto si gritamos, humillamos o imponemos. El adulto no debe ser temido, debe ser una referencia. Y eso se construye con coherencia, afecto y límites claros.

Poner límites no es incompatible con validar emociones. De hecho, es necesario. Los límites dan estructura y seguridad, pero no deben ser usados como castigo, sino como marco de contención. «Entiendo que no quieras irte del parque, porque lo estás pasando bien, y al mismo tiempo, es hora de volver a casa». Esa frase, tan simple, es profundamente reparadora: reconoce al niño, pero sostiene el límite. Enseña que se puede frustrar sin que se le deje solo en esa emoción.

Conclusión

La clave está en decir «no» sin romper el vínculo. En educar desde la conexión, no desde el poder. En escuchar incluso cuando, como padres o educadores, no podemos acceder a lo que piden. Porque lo que queda grabado no es sólo lo que decimos, sino cómo lo decimos, y cómo se siente el niño cuando no consigue lo que desea. Educar sin exigir obediencia inmediata no es fácil. Es más lento, más complejo y exige más presencia. Pero también es más profundo, sobre todo, más respetuoso con los ritmos naturales del desarrollo cerebral y emocional. Los niños que aprenden a pensar, a cuestionar, a proponer y a negociar se convierten en adultos que no siguen órdenes sin pensar. Y eso, en un mundo que necesita conciencia crítica y valores humanos, es una inversión a largo plazo.

[1] La indefensión aprendida es un estado psicológico y emocional por el que la persona siente que haga lo que haga las consecuencias o resultados no están bajo su control, sino bajo el de la persona que ejerce poder o maltrato, por lo que su voluntad queda muy mermada y termina por someterse por miedo y sin cuestionamientos o intentar salir de la situación. Por ello se le denomina también “sumisión aprendida”. En relación al desarrollo de la personalidad tiene graves consecuencias.

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