Definición de maternalismo
Se define el «maternalismo» como la actitud maternal y amorosa en relación con los hijos. Sin embargo, como cualquier cualidad o conducta humana, puede ser vivida de una manera equilibrada o desequilibrada. En este caso voy a exponer qué sucede cuando ese maternalismo se vive fuera de justa medida, algo que he observado en ocasiones en casos tratados en la consulta del centro Noray Mediación, Terapia y Formación.
Cuando una mujer se convierte en madre por primera vez, se abre ante ella un territorio emocional, relacional y biológico completamente nuevo. La intensidad del vínculo con el bebé, la necesidad de protegerlo, el miedo a no hacerlo bien y el instinto de control sobre todo lo que le rodea pueden convertirse en una situación con una gran carga emocional, no siempre fácil de gestionar. Es entonces cuando algunas mujeres, sin ser conscientes de ello o siéndolo, pero no sabiendo cómo evitarlo, caen en lo que podríamos llamar «exceso de maternalismo», una forma de sobreimplicación afectiva y conductual que no solo afecta al bebé, sino también a la relación de pareja, al equilibrio familiar y al propio equilibrio emocional de la madre.
Este exceso de maternalismo nace de los miedos y las inseguridades personales por un lado y del inconsciente colectivo que, durante miles de años, ha construido la creencia de que la madre es la que tiene que cuidar de los hijos y que sólo ella puede hacerlo. La madre primeriza puede sentir que sólo ella sabe interpretar el llanto del bebé, que nadie más (ni siquiera el padre) podrá cuidarlo como ella, que los demás no conocen a su bebé como ella y que su instinto de madre de «su bebé» la convierte en la única persona capaz de protegerlo, alimentarlo y cuidarlo de la manera adecuada. De ahí surgen frases como «déjame, que tú no sabes hacerlo» o «yo me encargo, que así me quedo más tranquila». En algunos casos, estas conductas, reacciones y creencias pueden llegar a ser obsesivas e, incluso, agresivas, aunque la madre no sea consciente de ello o no pueda evitarlo. Estas actitudes, aunque parten del amor y lo instintivo, no necesariamente son sanas, ni para el bebé, ni para la madre, ni para la pareja, ni para la familia.
Errores comunes
Uno de los errores más comunes es confundir el cuidado con la posesión. El bebé puede llegar a convertirse en una posesión para la madre, ser su centro absoluto y que todo gire en torno a su protección, cuidado y bienestar, pero desde una única mirada: la de la madre. Desde esta posición puede llegar a supervisar constantemente lo que hace el padre, a darle indicaciones constantes de cómo tiene que hacer las cosas, a invalidar sus acciones o incluso a desvalorizarlo y apartarlo de los cuidados y atenciones del bebé. Estas situaciones pueden darse de manera sutil y amorosa, disfrazadas de actitudes maternales en las que se argumenta que el hombre no sabe hacerlo, que se ocupe de otras cosas también necesarias o que es poco delicado, todo ello basado en el hecho de que es hombre y no mujer o que es padre, pero no madre. Pero también pueden darse estas situaciones de manera agresiva, aludiendo a lo inútiles que son los hombres, a las manazas que tienen, al poco cuidado que ponen en las cosas o que ellos no tienen ni idea de cómo tratar a un bebé. Esto puede llegar a suceder incluso con mujeres que nunca han estado en contacto con niños y que sostienen a un bebé por primera vez en su vida. Parece como si el hecho de haber gestado al bebé en su vientre les hubiera proporcionado un conocimiento de cómo bañar, limpiar, vestir o dormir al bebé de manera automática y un hombre, en este caso el padre, no pudiera acceder a esa información de ninguna manera, ni si quiera aprenderlo. Quizás alguna lectora piense que estoy exagerando, pero puedo afirmar que esto que cuento lo he visto y escuchado como profesional en algunas de mis pacientes que, pasado el periodo de crianza, han mirado hacia atrás y han reconocido que habían perdido la perspectiva sobre la manera de relacionarse con el bebé y la pareja.
Si bien en muchos casos esto que comento sobre la inutilidad del hombre para el cuidado del bebé puede ser cierto, hoy en día vivimos una necesidad de cambio respecto a los roles, buscando una sociedad más igualitaria y equilibrada entre hombres y mujeres. El cuidado de los hijos debe formar parte de ese cambio, por lo que es necesario tomar conciencia de todos los obstáculos que limitan dichos cambios, incluidos aquellos que inconscientemente, pueden surgir por parte de las madres. Hoy en día hay hombres totalmente capacitados y dispuestos a ocupase de la crianza que se encuentran limitados por este «maternalismo» fuera de justa medida.
¿Qué puede que hacer el hombre?
En ocasiones, el hombre, al percibir el control constante y la desvalorización por parte de la madre, opta por retirarse, asumir un papel secundario o limitar su participación por miedo a equivocarse o por miedo a ser criticado, reñido o desvalorizado. De este modo se refuerza la creencia de que «solo la madre puede» y se mantiene el círculo vicioso de «ellos no saben», «cómo lo hace una madre no lo hace un padre», etc. En este tipo de situaciones es fundamental que el padre se muestre comunicativo, asertivo y negociador, de modo que pueda desarrollar su función cuidadora en igualdad. Lo que no sepa lo puede preguntar y aprender, igual que hace una madre. Reivindicar y hasta defender el derecho a participar de la crianza en todo lo posible está en la mano de cada padre. Es cierto que esto puede llevar a situaciones de desacuerdo: si sólo la madre se ocupa del bebé no se dará ese choque de pareceres, pero también lo es que el padre, si quiere estar a la par de la madre, debe dialogar, proponer, negociar, pactar y, por supuesto, cumplir. Una madre, por el hecho de ser madre, no adquiere todos los conocimientos por generación espontánea. Al margen de aspectos más o menos intuitivos, en realidad se trata de aprendizajes que se van haciendo sobre la marcha, y el cerebro del padre no debe estar menos dotado para esos aprendizajes. Otra cosa es que tenga ganas, voluntad e intención.
También es frecuente que el maternalismo excesivo desdibuje la frontera entre la mujer y la madre. Hay mujeres que dejan de verse a sí mismas como pareja o como persona con deseos y necesidades propias, para vivir completamente a través del hijo. En este sentido, muchas mujeres se centran tanto en la crianza, en su rol de madres, que dejan de lado sus actividades sociales, el cuidarse, el relacionarse o, incluso, su vida de pareja o familiar. Por supuesto, no estamos hablando de los primeros meses de vida, cuando la dependencia del bebé respecto de sus padres o cuidadores es absoluta. Nos referimos a los primeros años, hasta que empiezan en la guardería o la escuela. Esa entrega total se ve reforzada porque, culturalmente, se vincula la maternidad al sacrificio e, incluso, al sufrimiento por el bebé, lo que implica una puesta en valor de la mujer por sus «virtudes marianas», aquellas que hacen a la mujer un ser elevado según la cultura cristiana (todo ello grabado en el inconsciente colectivo y poco o nada accesible a la consciencia, pero presente e influyente sobremanera). Incluso se da el caso de que aquellas mujeres que no ejercen de madres de la manera sufridora, dedicada, obsesiva o posesiva son criticadas como madres desnaturalizadas, poco cariñosas y que quieren poco a sus hijos, porque no se sacrifican ni sufren por ellos hasta el extremo. Aquí habría mucho que hablar sobre la importancia que se le da al «sufrir por…», uno de los aspectos que, culturalmente, ha supuesto la validación (y esclavitud) de la mujer en las sociedades patriarcales, machistas y cristianas.
Volviendo a la madre y a la relación de pareja, ésta suele resentirse, al menos temporalmente, no necesariamente por falta de amor, sino porque se pierde la intimidad emocional, la sensación de pareja, cuestión natural cuando ya se es familia, pero que se agrava ante ese maternalismo en que el hombre queda fuera del vínculo con el bebé. Si es apartado, criticado, controlado, juzgado, cariñosamente despreciado o, incluso, humillado y alejado con agresividad activa o pasiva ¿cómo se puede sentir como padre y como pareja? Si la situación fuese exactamente al revés ¿cómo se sentiría la madre?
Consecuencias indeseadas
En algunos casos este desequilibrio genera dinámicas sutiles pero peligrosas: el hombre puede sentirse infantilizado, expulsado del espacio emocional, despreciado por su inutilidad o convertido en un elemento de contención y sostenimiento sin derecho a la crianza directa. La madre, por su parte, puede comenzar a sentirse sola y sobrecargada, abandonada, incomprendida, sin ser consciente de que ha sido ella misma la que ha creado la situación por ese maternalismo excesivo y mal entendido.
Superar esa situación requiere pararse y observar, abrir los ojos, recuperar la perspectiva y, quizás, un poco de conciencia y humildad para comprender que el vínculo materno no se debilita cuando se comparte con el padre o a la familia, sino que se enriquece con otros enfoques y experiencias. El padre también necesita implicarse, equivocarse, aprender y sentirse útil. El amor más sano hacia un hijo no es el que lo rodea con control, sobreatención y sobreprotección creando una burbuja a su alrededor, sino el que lo rodea de vínculos diversos, estables y confiables y de experiencias diversas que posibilitan la variedad de estímulos y aprendizajes.
Para concluir, ser madre no significa serlo todo, hacerlo todo, saberlo todo y poderlo todo. El exceso de maternalismo, nazca del inconsciente colectivo, del amor o de ambos conjuntamente, puede terminar aislando a la madre, erosionando la pareja y sobrecargando a la propia mujer que, a menudo, termina por culpar al entorno de una situación que ella misma ha favorecido. Es necesario aprender a confiar, delegar y recordar que el hijo o hija no necesita una madre perfecta, sino una familia que se respete y se sostenga mutuamente, siendo capaces de llegar a acuerdos y afrontar los conflictos de manera sana.
Una última reflexión basada en más de treinta años de docencia y veinte de terapia emocional: los padres que tratan de ser perfectos a toda costa no resultan ser los mejores padres.
José Antonio Sande Martínez
Maestro, terapeuta emocional, constelador, mediador
Noray Mediación, Terapia y Formación