A lo largo de los años, en la consulta, he escuchado a decenas de mujeres pronunciar con resignación, risa nerviosa o autocrítica una palabra que encierra en cuatro letras siglos de sufrimiento: loca. «Es que yo estoy un poco loca», «Ya sabes cómo soy, muy intensa… muy loca», «Me puse como una loca», «Perdí los papeles, soy una histérica, una loca». Pero esa palabra, aparentemente inocente, tiene raíces profundas y dolorosas. Y consecuencias también, porque lo que nos decimos por dentro se convierte, con el tiempo, en el modo en que nos tratamos, nos juzgamos y permitimos que nos traten.

Esta palabra, «loca», se ha convertido desde tiempos antiguos en uno de los mecanismos más eficaces que ha utilizado el patriarcado para domesticar la energía femenina, para deslegitimar su forma de pensar, para culpabilizar su manera de sentir, para romper su confianza. Y no hay cárcel más eficaz que aquella cuyos barrotes una misma acepta como parte de su identidad.

Una sentencia equivocada

Decir «estoy loca» no es solo una frase, es un mandato, es una sentencia. Lo que en realidad estás diciendo -sin darte cuenta- es: «no tengo derecho a sentir lo que siento», «no se puede confiar en mí», «soy una exagerada», «no me controlo». Y eso es peligroso, porque si te invalidas diciendo esas palabras, aunque sea inconscientemente, cualquiera puede hacerlo después. Si te llamas loca, implícitamente, le das permiso a los demás para hacerlo. De este modo tus emociones quedan sujetas al juicio externo y tú lo has consentido sin ser consciente de ello.

Cada vez que una mujer se llama loca, algo dentro de ella se quiebra. Se rompe la coherencia entre lo que es, lo que siente, lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Y cuando esa coherencia interior se rompe, se instala la duda, la vulnerabilidad, el sufrimiento.

La cultura del silenciamiento femenino

No es casual que la historia esté llena de mujeres silenciadas bajo un diagnóstico de locura. Juana I de Castilla (conocida como Juana la loca), Camille Claudel, Zelda Fitzgerald o Rosemary Kennedy fueron víctimas de ello. No es baladí que muchas de ellas fueran consideradas como trastornadas y encerradas, medicadas o excluidas por sentir, por hablar, por escribir, por desear, por tener orgasmos, por no querer tener hijos, por no soportar la vida que les habían impuesto.

La «locura femenina» ha sido, durante siglos, una etiqueta y una enfermedad inventada para domesticar la libertad física, intelectual y emocional de las mujeres. Desde la histeria de los tratados médicos del siglo XIX o el apelativo de loca a lo largo del siglo XX, hasta las etiquetas actuales de tóxica, inestable o bipolar, lo que muchas veces se castiga es la autenticidad emocional y el rebelarse contra el dominio de normas, costumbres y leyes que merman la libertad femenina en aras de los privilegios del patriarcado y el machismo. Y lo más perverso de este sistema es que ha conseguido que muchas mujeres interioricen ese discurso. Ya no hace falta que nadie las estigmatice o descalifique desde fuera, muchas mujeres lo hacen ellas mismas, sin ser conscientes del daño que se provocan a sí mismas y a todas las mujeres a través del inconsciente colectivo.

Lo que de verdad estás sintiendo

Detrás de cada «estoy loca» suele haber un cúmulo de emociones a las que no se les ha dado nombre ni expresión. En lugar de decir «me pongo como loca» sería mejor decir: «me siento frustrada», «estoy agotada, no puedo más», «estoy muy cabreada», «me siento desbordada». Pero todo eso no se dice. Se resume en «estoy loca». Como si etiquetar así un estado emocional fuera menos doloroso que asumir el hartazgo, el maltrato, la sobrecarga, la soledad, la injusticia o el cansancio crónico. Y no, no estás loca, estás viva, estás harta, estás en un punto límite que necesita cuidado, atención, resolución, no etiquetas invalidantes o juicios estigmatizantes.

Lo que permites se normaliza

Si permites que te llamen loca, estás autorizando a que se invalide, desprestigie o estigmatice lo que sientes, estás cediendo el terreno de tu identidad y tu libertad. Es más, estás firmando un contrato inconsciente con el sistema patriarcal que dice «puedes llamarme desequilibrada, inestable, intratable. Puedes hacerme sentir inferior, como una niña que no sabe gestionar su vida, como una desvalida que no sabe hacer nada sola, que necesita la tutela del hombre para vivir». (Aunque estas palabras te parezcan exageradas, este es el sentido de lo que se activa en el inconsciente colectivo cuando se pronuncia la palabra loca).

Esto tiene un precio, porque lo que una tolera, se normaliza, y lo que se normaliza, se perpetúa, se graba en el inconsciente colectivo y se hereda generación tras generación, en las relaciones, en la pareja, en la crianza, en las amistades o el trabajo, incluso en la manera en que tú te ves, te hablas y te tratas a ti misma. Como ves, llamarte loca (o dejar que te lo llamen) no es inocente ni inocuo.

No estás loca, estás despertando

Muchas veces, lo que se llama «locura» es, en realidad, el principio de una transformación, un momento en el que el cuerpo y el alma dicen ¡basta!, un grito interior que viene a sacudir lo que ya no sirve, una crisis curativa que viene a transformar de dentro hacia afuera. Estás empezando a ver lo que antes no veías, estás sintiendo con más profundidad, estás empezando a no tolerar lo intolerable, estás aprendiendo a poner nombre a lo que antes callabas. Y eso, lejos de ser locura, es el principio de la lucidez o de la consciencia o de rebelarte contra lo inaceptable.

El cambio comienza cuando dejas de repetir las palabras que el patriarcado puso en la boca de tantas mujeres a lo largo de cientos de años, cuando dejas de usar el mismo lenguaje que usaron contra millones de mujeres, cuando te atreves a romper con esa costumbre cultural de condenar lo que eres, lo que sientes o lo que piensas con el estigma de la locura. ¡Llama a las cosas por su nombre! Ira, frustración, desengaño, hartazgo, resentimiento, cabreo, injusticia, humillación, sacrificio, sometimiento, maltrato, desesperación, depresión, angustia…

Eres mucho más que una etiqueta que lo engloba todo pero que no desvela nada; eres digna de ser escuchada, sin necesidad de justificarte ni juzgarte para que no lo hagan los demás; eres digna de ser creída, respetada, ayudada. No necesitas ser perfecta, ni buena, ni sacrificada, ni redentora.

Una decisión radical

Nunca más te llames loca, ni en broma, ni para suavizar, ni por costumbre. Borra esa palabra de tu discurso interno, de tu libro de instrucciones y de tu diccionario. Y tampoco permitas que te la digan otras personas, ni hombres ni mujeres. Pon límites. Di con firmeza: «No me hables así. Es lo que siento. No eres nadie para invalidar mis sentimientos. No te doy permiso para hacerlo». El lenguaje que usas es también la casa donde vives. Llénala de respeto, de consciencia, de palabras que te eleven, no que te castren o te destruyan.

Ahora ya sabes lo que ocurre cuando dices «estoy loca». A partir de aquí, haz lo que quieras.

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta emocional, constelador, escritor.

Noray Terapia Emocional y Formación

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